Archivos Mensuales: marzo 2013

Capítulo 15. St. Patrick’s

Llevo una semana queriendo escribir una entrada sobre lo que fue vivir St. Patrick’s en Irlanda pero nunca quedo contenta con el resultado.

Os haré un resumen: amigas, amigos, tréboles, sombreros, carnaval, Guinness, sidra de fresa y lima, chupitos que se derraman, Peadar O’donnells, Mason’s, Metro, pizzas, hamburguesas, chocolates indigestos, música irlandesa, Titanic, oh what a same x2, psicokillers, más pizza, humus y pita, fotos, más fotos, shake your shamrocks, lume na palleira, el Papa y Argentina.

Puede que no se pueda escribir una buena entrada sobre St. patrick’s porque, definitivamente, ¡hay que vivirlo!

Os recomiendo un viajecito a Irlanda en estas fechas 🙂

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Capítulo 14. Gelatina

De acuerdo, tenéis razón. A veces me paso con los irlandeses cuando, lo cierto, es que la mayoría son muy amables. Más allá de unas pocas historias para no dormir (a veces literalmente, porque hay que ver vaya fiestas se pegan los vecinos por las noches) no me puedo quejar. Por eso, he decidido hacer un post diferente y no criticar a los irlandeses. Hoy, voy a criticar a los franceses.

Hora de comer. Ya sabéis, en Reino Unido a eso de las 12:30 horas. Me siento en una mesa con estudiantes galos. El almuerzo transcurre con normalidad hasta el postre. Hoy me toca gelatina. La saco de la bolsa y empiezo a comer sin preocuparme por estar haciendo nada extraño (ingenua).

De repente, Francesa#1 me ve y me grita algo en su idioma. No entiendo. Se pasa al inglés (mejor). Que qué es lo que estoy comiendo, pregunta. Lo miro. Se lo muestro. Pues gelatina. “¿El qué?”, vuelve a preguntarme, “nunca lo había visto, no tenemos de eso en Francia”. Lo vuelvo a mirar. Me aseguro de que no estoy comiendo comida para gatos, o tarta del Ikea. “Es gelatina”, repito. Y continúo, mientras Francesa#1 murmura que quizá lo pruebe algún día.

En Francia, cuna de la cuisine, donde se las dan eruditos gastronómicos y presumen de tener los mejores chefs y restaurantes, no tienen gelatina. Y diréis, será cosa de esa chica, Francesa#1, pero es porque aún no conocéis a Francés#1 y Francés#2.

Francés#1 y Francés#2 comparten mesa conmigo, pero apenas si había reparado en su presencia hasta que sentí sus miradas clavadas en mí. O, mejor dicho, en mi gelatina. Por fin, les devuelvo la mirada, se sobresaltan un poquito, se ríen y dicen: “Eso es muy raro”. “¡Es gelatina!”, les grito, harta. “Parece químico”, espeta Francés#1 y, a continuación, da un mordisco a su hamburguesa del Burger King.

Ni mi compañera de piso vegetariana me mira tan mal cuando como carne. Ni a otro compañero, que (desgraciadamente) ya volvió a su país, Arabia Saudi, se le ocurrió nunca decirnos nada cuando comíamos ibéricos delante de él. Pero claro, ninguno de ellos es francés.

Para entonces, todos han decidido opinar. Francesa#2 me vuelve a preguntar qué es. Le ofrezco probar. “No, apesta”, dice. No os quiero contar que he pensado contestarle. Francesa#2 ha tomado patatas fritas sabor Pollo Asado de postre.

Para más inri, estoy yendo a clases de francés y resulta que mi profesora no me está enseñando correctamente. Me lo ha chivado mi compañero de piso Anael, de Burdeos, el único francés respetable que conozco. Aunque no descarto conocer más franceses respetables, una cosa es segura: no tomaremos gelatina.

gelatina

La Culpable

P.D.: Aunque no lo creáis, no me he propuesto que me cierren todas las fronteras de Europa.

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