Capítulo 13. Aquí no llueve

Tachadme de poco original si queréis, pero si en la prensa tradicional el tiempo es un tema recurrente, en mi blog se merece cómo mínimo, una entrada. A estas alturas ya sabréis que me encuentro en la ciudad de Derry, en Irlanda del Norte. Y sabréis también que esta zona no se caracteriza por un clima, precisamente, tropical. Veamos los que nos cuenta Wikipedia al respecto:

“El clima es típicamente insular(…), a consecuencia de los moderadamente húmedos vientos de componente atlántico, evitando los extremos en las diferencias de temperatura. Las precipitaciones (principalmente lluvias) se reparten de forma regular durante todo el año (…). El oeste del país, sin embargo, tiende a ser más húmedo y propenso a tormentas atlánticas, que traen de vez en cuando vientos destructivos y la mayoría de precipitaciones en estas áreas, así como nieve y granizo.”

¿Qué significa esto? Que hace una rasca importante, que llueve a menudo y que las estaciones brillan por su ausencia. Vamos, que sólo sabes si es invierno o verano mirando el calendario. Con suerte las temperaturas subirán a partir de abril o mayo, pero lo que es la lluvia… no cesará.

Por eso, el paraguas se convierte en un accesorio fundamental, ¿verdad? Error. En este país o, al menos, en esta ciudad, los paraguas no duran ni 10 minutos. Ya llevo comprados cuatro. Menos mal que existe Poundland, tienda en que todo cuesta 1 libra. Porque la lluvia no viene sola, le suelen acompañar fuertes rachas de viento que acaban con los escuálidos paraguas del Poundland  y con los de 16 varillas de Jani Markel. Por eso, es mejor agenciarse un un buen chubasquero… y a correr.

Sorprendentemente, llevamos un par de días soleados seguidos y, la verdad, es que se ve Derry completamente distinta. Aunque, cómo no, esto tiene también su lado negativo. Debido a la extraña costumbre británico-irlandesa (para esto no se pelean) de no usar persianas, el solazo mañanero entra en mi cuarto sin que yo pueda evitarlo, despertándome e impidiéndome dormir a gusto. Por no mencionar que, si durante los grises días derryanos los coches y las campanas de la catedral contigua a mi casa ya me obligaban a usar tapones para dormir, los recién llegados pajarillos cantores no ayudan demasiado. Pero, a pesar de todo esto, esperemos que el Sol se quede con nosotros unos cuantos días más; le da a la ciudad una nueva luz y un color diferente y agradable.

derrysol

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